El retorno significa, por tanto, en primer lugar, que nada se había perdido verdaderamente, y que ni la duración de la crisis, ni la abundancia y la intensidad de sus manifestaciones han podido alterar en el fondo cierta Idea (un esquema, un paradigma, a veces una norma) del Sentido. “Ahora todas las disciplinas se han restituido”: estas palabras de Rabelais emblematizan a todos los pensamientos del retorno: renacimiento, restitución, restauración, redescubrimiento….
Es de esta manera como desde hace algún tiempo algunos se afanan, desde varios lados, en poner entre paréntesis nada menos que los dos siglos que nos separan de Kant, a fin de proclamar el retorno de cierta Razón - crítica, ética, jurídica, reguladora y humanista - cuya pureza y necesidad son consideradas como si no hubieran sido prácticamente afectadas por los pensamientos de la dialéctica, de la historia, de la economía, ni por los pensamientos de la angustia, de la letra, del cuerpo, ni sobre todo por este pensamiento de sí (reflexión, puesta en cuestión, radicalización, genealogía, superación, destrucción, deconstrucción, etc.) en que la filosofía está comprometida (es decir, se nos explica) extraviada desde Kant.
J-L. Nancy - El olvido de la filosofía
mirantes
Luego, poco a poco, vimos cómo lo que nos rodeaba se transformaba en ambiente y de ambiente en escena. Vimos el dictado de una moral sustituir a la elaboración de una estrategia. Vimos cómo se solidificaban normas, se construían reputaciones, lo que fueron hallazgos se ponían a funcionar y todo se convertía en algo previsible. La aventura colectiva mutó en triste cohabitación. Una tolerancia hostil se apoderó de todas las relaciones. Hicimos una componenda. Y como no podía ser de otro modo, lo que supuestamente debía ser un contra-mundo se vio reducido finalmente a un simple reflejo del mundo dominante: los mismos juegos de valorización personal en el terreno de las reapropiaciones, de la pelea, de la corrección política o de la radicalidad. El mismo sórdido liberalismo en la vida afectiva, el mismo afán de territorio, de dominio, la misma escisión entre vida cotidiana y actividad política, las mismas paranoias identitarias. Y para los más afortunados, el lujo de poder escapar periódicamente de su miseria local llevándola consigo allí donde todavía puede resultar novedosa.
Tiqqun - Llamamiento y otros fogonazos.
Durante toda la duración del movimiento hemos asistido a esta constante operación policial de distinguir entre buenos manifestantes y malos alborotadores. En el transcurso de las semanas, en París, “alborotador” ha querido decir en primer lugar “anarco-autónomo enfrentándose a la policía delante de la Sorbona”, después “incontrolado desafiando a las fuerzas del orden en la plaza de Nation” y finalmente “joven de los suburbios, agresor de manifestantes, que desvalija móviles en la plaza de los Invalides”. Al final de su deriva semántica, el ”alborotador” ya no rompe nada, lincha manifestantes. El término aparece entonces como lo que es: un significante vacío para uso exclusivo de la policía. La policía tiene este monopolio: forjar el perfil de la amenaza.
Tiqqun - Llamamiento y otros fogonazos.
Nos referimos al 68, es cierto, no a aquello que efectivamente ha pasado en 1968, a su folclore, a la Sorbona ocupada de entonces, a las barricadas del Barrio Latino, sino a aquello que no pasó, a la conmoción revolucionaria que no tuvo lugar. SE querría, proyectándonos hacia el pasado, sacarnos de la situación y hacernos perder la inteligencia estratégica sobre ella. Tratando el 68 como un simple movimiento estudiantil, se querría alejar la amenaza todavía presente de eso que el 68 ha sido sin embargo, una huelga general salvaje, un estallido de huelga humana.
Tiqqun - Llamamiento y otros fogonazos.
Es más bien un estudio que se esfuerza por reencontrar aquello a partir de lo cual han sido posibles conocimientos y teorías; según cuál espacio de orden se ha constituido el saber; sobre el fondo de qué a priori histórico y en qué elemento de positividad han podido aparecer las ideas, constituirse las ciencias, reflexionarse las experiencias en las filosofías, formarse las racionalidades para anularse y desvanecerse quizá pronto. No se tratará de conocimientos descritos en su progreso hacia una objetividad en la que, al fin, puede reconocerse nuestra ciencia actual; lo que se intentará sacar a la luz es el campo epistemológico, la episteme en la que los conocimientos, considerados fuera de cualquier criterio que se refiera a su valor racional o a sus formas objetivas, hunden su positividad y manifiestan así una historia que no es la de su perfección creciente, sino la de sus condiciones de posibilidad; en este texto lo que debe aparecer son, dentro del espacio del saber, las configuraciones que han dado lugar a las diversas formas de conocimiento empírico. Más que una historia, en el sentido tradicional de la palabra, se trata de una “arqueología”
— Michel Foucault — Las palabras y las cosas
Ahora se muere en 559 camas. En serie naturalmente. Es evidente que, a causa de una producción tan intensa, cada muerte individual no queda tan bien acabada pero esto importa poco. El número es lo que cuenta…
R.M. Rilke
La famosa plegaria de Rilke en que se pide a Dios que dé a cada uno su muerte personal, no es más que un miserable engaño, con el que se trata de esconder que los hombres revientan y eso es todo.
Th. W. Adorno
La época parece haberse entregado al resentimiento y a la reactividad en el dominio del pensamiento. Se dice que hay que salir de una «crisis» o de un extravío que se habrían producido en estos últimos años. Como si la búsqueda, la experimentación, la inventiva fueran algo enfermizo.
Se dice que la filosofía debe recuperar el sentido del hombre, de los valores, del sujeto. Como si estas significaciones no se hubieran agotado con el agotamiento general de la metafísica de la significación. Como si nada hubiera pasado, y se pudiese olvidar sin correr ningún riesgo todo el trabajo de la filosofía en nuestra historia reciente y presente. Hay que ser serios: no se «recobra» nunca nada en la historia, y no se «retorna» a nada: ni a Dios, ni a Kant, ni a los Valores.
Hay efectivamente una cuestión que es la del sentido: pero ella está delante de nosotros, por venir y por pensar.
— Jean-Luc Nancy — El olvido de la filosofía
—Liberad la acción política de cualquier forma de paranoia unitaria y totalizante;
—haced crecer la acción, el pensamiento y los deseos por proliferación, yuxtaposición y disyunción, más que por subdivisión y jerarquización piramidal;
—soltad las amarras de las viejas categorías de lo negativo (la ley, el límite, la castración, la falta, la carencia), que el pensamiento occidental ha sacralizado durante tanto tiempo, en tanto que forma de poder y modo de acceso a la realidad. Preferid lo que es positivo y múltiple, la diferencia a la uniformidad, los flujos a las unidades, las articulaciones móviles a los sistemas. Considerad que lo que es productivo no es sedentario sino nómada;
—no penséis que hay que estar triste para ser militante, incluso si lo que se combate es abominable. Lo que posee una fuerza revolucionaria es el vínculo del deseo con la realidad (y no su fuga en las formas de la representación);
—no os sirváis del pensamiento para proporcionar a una práctica política un valor de verdad; ni os sirváis de la acción política para desacreditar un pensamiento, como si éste no fuese más que pura especulación. Serviros de la práctica política como de un catalizador del pensamiento, y del análisis, como de un multiplicador de las formas y de los espacios de intervención de la acción política;
—no exijáis de la política que restablezca «los derechos» del individuo tal y como la filosofía los ha definido. El individuo es el producto del poder. Lo que hay que hacer es «desindividualizar» mediante la multiplicación y el desplazamiento de los diversos dispositivos. El grupo no debe ser el vínculo orgánico que una a individuos jerarquizados, sino un constante generador de «desindividualización»;
—no os enamoréis del poder
— Michel Foucault — Prefacio a L’Anti-Œdipe (1977)
No basta con decir que la escritura está pensada a partir de tales o tales otras oposiciones puestas en serie. Platón la piensa, e intenta comprenderla, dominarla a partir de la oposición misma. Para que esos valores contrarios (bien/mal, verdadero/falso, esencia/apariencia, dentro/fuera, etc.) puedan oponerse es precios que cada uno de los términos resulte siempre exterior al otro, es decir, que una de la suposiciones (dentro/fuera) esté ya acreditada como matriz de toda oposición posible. Es preciso que uno de los elementos del sistema (o de la serie) valga también como posibilidad general de la sistematicidad o de la serialidad. Y si se llega a pensar que algo como el fármacon - o la escritura-, lejos de ser dominado por esas oposiciones inaugura su posibilidad sin dejarse comprender en ella; si se llegase a pensar que es sólo a partir de algo semejante a la escritura - o al fármacon - como puede anunciarse la extraña diferencia entre el interior y el exterior; si por consiguiente, se llegase a pensar que la escritura como fármacon no se deja asignar simplemente un lugar en lo que ella sitúa, no se deja subsumir bajo los conceptos que a partir de ella se deciden, no abandona más que su fantasma a la lógica, que no puede querer dominarla más que para proceder aún de ella misma, habría entonces que plegar a extraños movimientos lo que ni siquiera podría llamarse ya la lógica o el discurso. Tanto más cuento que lo que imprudentemente acabamos de llamar fantasma no puede ser ya, con la misma certeza, distinguido de la verdad, de la realidad, de la carne viva, etc. Hay que aceptar que, en cierto modo, el dejar a su fantasma sea por una vez no salvar nada.
— Jacques Derrida — La farmacia de Platón.
En el orden del carácter, en el reino de los bienes, en el tiempo consuntivo, allí donde la juridición del hambre ha quedado suspendida: “Y mirad si hay por ahí un cucharón y espumad una gallina o dos y buen provecho os haga”. Así, abandonado, tirado por ahí, entre el desorden y la confusión de lumbres y calderos, debe de haber algún cucharón, que ni siquiera llega a ser “El cucharón”, porque sólo se tiene idea de que alguno había o tendría que haber o parece verosímil que lo haya. Las cosas huelgan sueltas, desligadas las unas de las otras, yacen desperdigadas sin que nadie las tenga sometidas a control. Lo mismo vale para “una gallina o dos”, porque dos gallinas son una gallina, y una gallina dos gallinas son; los bienes no tienen cuenta; si se usa el número, una gallina o dos, es sólo porque vienen en cuerpos discontinuos, pero en la indiferencia, en esa misma dejadez del “una o dos”, el propio número se anula virtualmente
— R. Sánchez Ferlosio — Carácter y destino.